Gabriela Alcina

Gabriela Alcina

No escribo historias de amor perfectas.
Escribo historias de mujeres reales.

Mi historia empezó al norte de Suramérica, en un país llamado Venezuela.

Allí crecí, me caí por primera vez manejando bicicleta, di mi primer beso, aprendí a bailar y descubrí algo que, sin saberlo, me acompañaría toda la vida: la necesidad de escribir lo que sentía. Desde niña decía que de mayor sería escritora, aunque entonces no sabía cuántos caminos tendría que recorrer antes de atreverme a nombrarlo en voz alta.

La escritura siempre estuvo presente.

La primera vez que me fui de vacaciones con mis amigos, escribí un cuento.
En la adolescencia, al chico que me rompió el corazón le escribí tres historias de terror.
A mi hija le inventé más de diez cuentos infantiles.
Cuando mi abuela murió, escribí poemas para honrarla y sentirla cerca.

Escribí sueños, despedidas, comienzos, heridas y silencios. Escribí logros profesionales en colores llamativos y logros personales en mayúsculas, como si necesitara recordarme que algunas victorias merecen verse desde lejos.

Durante años, el sueño de ser escritora quedó guardado en algún rincón de la vida adulta. La rutina, las responsabilidades y los cambios fueron ocupando espacio. Hasta que, muchos años después, me encontré emigrando, reconstruyéndome lejos de casa y buscando un nuevo camino.

Y entonces la escritura volvió. O quizá nunca se había ido.

Desde ese momento empecé a escribir con otra conciencia: ya no solo para contar lo que sentía, sino para entenderlo. Para volver a mí. Para darle forma a todo aquello que una mujer calla, siente, pierde, transforma y aprende a mirar de frente.

Hoy escribo novelas de ficción emocional sobre mujeres reales: mujeres que aman, se rompen, dudan, se reconstruyen y encuentran, incluso en medio del caos, el valor de volver a elegirse.

Escribo sobre el amor, la pérdida, la distancia, el perdón, las segundas oportunidades y ese regreso íntimo hacia una misma.

Porque creo que hay historias que abrazan.
Y palabras que transforman.

Mi historia empezó al norte de Suramérica, en un país llamado Venezuela.

Allí crecí, me caí por primera vez manejando bicicleta, di mi primer beso, aprendí a bailar y descubrí algo que, sin saberlo, me acompañaría toda la vida: la necesidad de escribir lo que sentía. Desde niña decía que de mayor sería escritora, aunque entonces no sabía cuántos caminos tendría que recorrer antes de atreverme a nombrarlo en voz alta.

La escritura siempre estuvo presente.

La primera vez que me fui de vacaciones con mis amigos, escribí un cuento.
En la adolescencia, al chico que me rompió el corazón le escribí tres historias de terror.
A mi hija le inventé más de diez cuentos infantiles.
Cuando mi abuela murió, escribí poemas para honrarla y sentirla cerca.

Escribí sueños, despedidas, comienzos, heridas y silencios. Escribí logros profesionales en colores llamativos y logros personales en mayúsculas, como si necesitara recordarme que algunas victorias merecen verse desde lejos.

Durante años, el sueño de ser escritora quedó guardado en algún rincón de la vida adulta. La rutina, las responsabilidades y los cambios fueron ocupando espacio. Hasta que, muchos años después, me encontré emigrando, reconstruyéndome lejos de casa y buscando un nuevo camino.

Y entonces la escritura volvió. O quizá nunca se había ido.

Desde ese momento empecé a escribir con otra conciencia: ya no solo para contar lo que sentía, sino para entenderlo. Para volver a mí. Para darle forma a todo aquello que una mujer calla, siente, pierde, transforma y aprende a mirar de frente.

Hoy escribo novelas de ficción emocional sobre mujeres reales: mujeres que aman, se rompen, dudan, se reconstruyen y encuentran, incluso en medio del caos, el valor de volver a elegirse.

Escribo sobre el amor, la pérdida, la distancia, el perdón, las segundas oportunidades y ese regreso íntimo hacia una misma.

Porque creo que hay historias que abrazan.
Y palabras que transforman.

otras cosas sobre mi

Soy muy sociable, pero no suelo dar el primer paso para conocer a alguien.

Podría vivir el resto de mi vida comiendo pizza.

Me encantaría vivir en una caravana y despertar en un nuevo lugar cada día.

Cuando comienzo a leer un libro, no lo abandono, lo termino aunque no me guste.

Adoro las plantas, pero todas se me mueren.

Cuando no escribo novelas, acompaño marcas a encontrar su voz desde el marketing y la creatividad.